Este artículo fue publicado por The Clinic en su Edición del Bicentenario en Septiembre del año 2010
(RE)CONSTRUIR Y (RE)HABITAR.
A PROPOSITO DEL TERREMOTO Y LA RECONSTRUCCIÓN.[1]
José Bengoa
En estos días en que se habla de re-construir se me ha venido a la mente un pequeño artículo de Martín Heidegger. El filósofo alemán se pregunta por el construir, y qué es el habitar, y qué tiene que ver el construir con el habitar. Como ocurre siempre en la filosofía las preguntas son mucho más importantes e interesantes que las respuestas.[2]. .Y pensamos que esto tiene que ver directamente con la idea de Patrimonio. El terremoto ha roto brutalmente nuestro Patrimonio, se dice, y es verdad. Y nos desesperamos. Y tratamos de hacer lo posible por recuperar este Patrimonio a punto de desvanecerse. De eso tratan estas líneas.
Heidegger juega con las dos “casas del hombre”, de los seres humanos, hombres y mujeres: el lenguaje y la habitación. Porque uno habita en el lenguaje ya que es el medio de comprender, comunicarse, conocer, en fin, darle sentido a las cosas. Y uno habita al mismo tiempo físicamente en un espacio determinado, en su casa habitación, en su lugar que lo determina y que es también un lenguaje, el “lenguaje de las cosas” se podría decir.
Yo creo que la cultura, con mayúscula, se relaciona estrictamente en estas dos dimensiones, en la comunicacional/temporal y en la comunicacional/espacial. Nosotros, o una mayoría, o yo como persona para ser preciso, perdonen mi egocentrismo, soy al igual que la mayor parte de los chilenos desde la Serena al sur, “gente del frío”. Los inviernos nos han marcado como individuos, pero también como colectivo. Hablamos del frío, nos sentimos con frío, nos decimos los unos al otro “que fría está la mañana” y finalmente hacemos de nuestro espacio un refugio frente al frío. Ahí se ha construido la cultura.[3] No está muy lejos de allí lo que podríamos, riesgosamente, llamar “identidad”.

En Chile central, al contrario de lo que podría pensarse, el calor del verano es un paréntesis entre dos largos tiempos fríos. Las estufas no se apagan hasta bien entrado Octubre y la ropa de verano recién comienza a ponjerse en noviembre. Ya decían los antiguos, “Abril, aguas mil”. Diciembre es caluroso y sobre todo las navidades llenas de ajetreos; enero suele ser caliente pero ya en el mes de febrero santiago se refresca a pesar de que es el mes de vacaciones. La entrada a clases nos recuerda nuevamente que viene el rigor. Son ocho meses frescos y algunos muy helados. Ha sio el frío el que ha marcado nuestro habitar y quizá nuestra idiosincracia.
Hay quienes quisieran o han querido, sin embargo, que seamos “tropicales” y ponen palmeras por todos lados, en el camino al aeropuerto, en los condominios, en las frías playas del Pacífico bañado por la Corriente de Humboldt. En fin. Están perdidos. Hay otros que quieren que nuestro salvaje e indomable río Mapocho transite raudo y solemne por el Valle de Santiago, como el Sena, y que podamos salir a andar en bote cantando: “Suelta el remo batelera…
Absurdo. Esas aguas torrentosas se vienen encima de los valles transversales, gélidas, fruto de los deshielos del Cerro El Plomo. Su violencia, como la del río Maipo que lo quieren atajar en mil represas y cortar en mil pedazos, dialoga con los seres humanos que allí viven y conviven. Mirar desde el Puente del Arzobispo en Santiago, al río Mapocho en un día de lluvioso invierno es uno de los espectáculos mas hermosos que se pueden presenciar en esta no tan hermosa ciudad de Santiago del Nuevo Extremo. Es en este caso el río una expresión de nuestro carácter, un juego dialógico con el sentido mas profundo de esta ciudad, separada, de grandes aluviones, de personas que poseen una personalidad cambiante como las estaciones.
Incluso esta relación entre naturaleza y cultura muestra el carácter pertinaz de este diálogo. Se ha tratado de construir casas en la Quebrada de San Ramón, en la de Macul, y en muchas “bajadas de agua”, y a cada tanto, se producen desastres. La Avenida Bilbao, se transforma cada cierto tiempo en un río, recordando cientos de años de aluviones que no los ha podido borrar ni el pavimento, ni los tropiezos que cada Alcalde intenta poner en defensa de las casas. El Mapocho cada tanto tiempo se encarga de recordarnos lo mismo.
Porque no solamente es río y paisaje sino memoria. Es el río de los mapuches, según los quechuas que venían del norte, ya que allí se hablaba ya en forma cotidiana ese idioma. Con los años de mapuche se transformó en Mapocho. Y es así, como el carácter de ese pueblo que “habitaba” en sus valles. Aquí no andaban en canoas como en el sur canoero y de ríos apacibles, torrentosos al bajar la Cordillera pero calmados al dar vueltas y revueltas por los Valles. El Calle Calle no es el Mapocho. Proteger el paisaje a la larga es proteger la memoria, protegerse uno mismo, proteger la cultura.[4]
El Río Itata, el más cercano a Cobquecura, que fue el epicentro del terremoto, es un río de carácter intermedio. No posee la correntada de los ríos que como el Mapocho o el Maipo bajan brutalmente de la Cordillera, ni tampoco se pueden navegar sus aguas como se lo hacía en los ríos que siguen hacia el sur, por ejemplo, el Bio Bio. Este enorme río, la Frontera, después de bajar por gargantas apretadas hasta Santa Bárbara se mueve lento desembocando en el mar con mas de varios kilómetros de ancho, aguas algunas lentas y otras rápidas, arenas que se mueven y que solamente permitían la navegación de barcos, algunos grandes, con quillas planas. El Itata es aún un río indómito del centro del país. Ese río ha sido contaminado por la empresa papelera Celco de Nueva Aldea y originó un importante movimiento social en Coelemu, Trehuaco, y Cobquecura. La organización “Salvemos Cobquecura” se opuso a que esta empresa enviara (por un emisario) los deshechos o “riles” al mar. Finalmente esto se hizo. Las consecuencias en la pesca han sido desastrosas.
Entonces ya el lector estará comprendiendo que en el “construir” hay un diálogo necesario con la naturaleza que nos circunda, que nos golpea, que nos permite conversar, que se ha ido con dificultades haciendo cultura. No es que la cultura esté absolutamente determinada por la naturaleza, se funden en un diálogo de construcción y destrucción al que le denominamos paisaje. Es la conversación humana sobre la naturaleza, es finalmente lo único que conocemos ya que la propia “naturaleza” sin la presencia humana la desconocemos absolutamente. La cultura sería por tanto esta relación por una parte espacial pero por otro lado temporal, esto es, que sabemos por nuestra memoria, nuestras Memorias, nuestras experiencias el contenido de ese diálogo. Ahí el construir es parte de la cultura. Es una parte esencial. Y por ahí estamos teniendo una primera aproximación al concepto tan agitado en estos días de “Patrimonio Cultural”.
O incultura. Porque podríamos decir y con confianza después de un terremoto y maremoto, que las “no construcciones” que fueron arrasadas son fruto de la in-cultura, de la improvisación (no-cultura y ausencia de Memoria) o simplemente de la corrupción, robo, interés desmedido por el dinero, afán de lucro especulativo, en fin la “contra-cultura” de la muerte. Casas en pendientes de cerros que se desplomaron, viviendas en bordes de ríos de suelos falsos, arenas movedizas (“y hubo quien construyó su casa en arena y vino el temporal y la derribó y otro que lo hizo sobre roca….”), y claro que también hay quienes cambiaron la clasificación del suelo, imponiendo la cultura del delirio especulativo, tan común hoy día en nuestro país, y finalmente enseñoreando la muerte sobre personas que han quedado con sus vidas destrozadas…..
Somos gente del frío, aunque nos pese y nos resfriemos. “Pasé agosto…pasé el invierno” dicen los viejos, ya que no es fácil resistir en estas temperaturas desprovistas de calefacción central y pasadas a olor a parafina. De niño en mi casa solamente había un lugar de chimenea en el primer piso y había que poner el poto muy encima del “hogar” para poder calentarse. Andábamos dentro de la casa abrigados y los más viejos, mi abuelo, con gorro de lana, no se lo sacaba en todo el invierno. Había braceros de carbón en las casas de las poblaciones hasta hace muy poco tiempo, y decenas de niños se quemaban sus manitos y patitas, por intrusos. Cada año eran decenas los que se asfixiaban por las emanaciones del carbón.
La convivencia, el “hablar” de Heidegger, se hacía tomando mate alrededor del bracero. El habitar tiene que ver en Chile sobretodo con el frío, con los largos inviernos de Cobquecura en que no queda otra alternativa que encerrarse, freír frituritas, los días de lluvia sopaipillas, pasarlas en chancaca, si es que hay, o echarle simplemente “azúcar flor”, calentar la tetera, hacer humear el tecito y sopearlo con las sopaipas que hacen crujir los dientes y chorrearse entero el chaleco. “Pero no te ensucies niño, me decía mi abuela”. Como no me iba a chorrear si estaba lleno de chalecos gruesos, zapatones de colegio pesados, hasta la bufanda no me la había sacado para tomar el té…Mas de algún día recuerdo estar escribiendo las tareas con guantes….los sabañones en las orejas nos perseguían de niños…
El frío es parte de nuestra cultura, se nos metió en el alma. El ahí, “de afuera” Heideggeriano, se entromete o mejor, “entremete” [5] en lo mas sensitivo que tenemos como seres humanos nacidos entre el mar y la cordillera. Nuestra habla se llena de referencias al clima, pero no al clima de afuera sino al de nosotros mismos. ¿Hace frío? Me dice un amigo y vecino al salir de la casa en la mañana. Es que, “siento frío”, debería decir. El frío de “afuera” (para seguir heideggueriando un poco…), se me ha metido adentro de mi cuerpo, de mi alma y de mi habla….”no se me ocurre nada mas que decir , puchas que tengo frio”, en un acto de amor, comunicación. cariño, e incluso complicidad. Porque yo le digo, es verdad, “puchas que está helado”. Y nuestros dos cuerpos un poco congelados se han unido en un tierno abrazo de comunicación: somos dos personas que sentimos lo mismo, frío en esta mañana de Julio en una calle de Cobquecura.
Ahí está la cultura y parte importante de lo que hoy se habla de Patrimonio. Frente a esa experiencia, comienza el “habitar” heideggeriano. La sensación del frío es algo colectivo. Todos sentimos frío, dice Watsuyi Tetsuko, el discípulo japonés de Heidegger en su “Antropología del Paisaje”. El frío ya no es algo personal o individual. Se transforma en algo cultural, se expresa en los lenguajes y en las “habitaciones”. El paisaje exterior, si es que lo hay, dice Hommi Bhabha se “entre mete” en un “paisaje interior”. Ya no es el clima lo que importa si no yo y mis amistades, mi gen te, los que sentimos frío. [6]
En esa colectivización de los paisajes, en el “entre meterse” de los climas, de los ríos, de las playas, de la Cordillera en nuestras vidas privadas y colectivas es dónde comienza el construir. Cobquecura fue bien situada. “Nunca se ha salido el mar” nos dijo un señor de edad. Lo sabía por herencia. Memoria memoriosa de generaciones. Y esta vez no se salió el mar tampoco. Las casas se abrigan frente a los vientos del pacífico, los antiguos vientos “alisios”. Los techos de tejados profundos, amplios aleros, canaletas que sueltan chorros de agua a los patios, corredores donde cuelgan los maceteros, protegen la vida en esos largos inviernos en que pareciera que Kai kai Vilú, la serpiente húmeda del mar va a ganar por siempre la batalla telúrica que se libra cada año en estas tierras del sur de América.
Casas y caserones de rincones a dónde refugiarse cuando en la tarde de invierno no hay simplemente nada qué hacer y solo la buena conversación es posible. Bracero y mate, a veces unas cartas para pasar el rato. Ahora la televisión. Muchas veces es simplemente la cocina donde hierve la tetera y está mas calientito. Claro que no es Chiloé dónde el espacio invernal de lluvias ininterrumpidas ha conducido a sentarse directamente en torno a la estufa como le dicen a la cocina a leña. La ropa allí está tendida simplemente encima de la cocina. Acá es el sur, llueve, pero no tanto, no siempre, no es “cielos cubiertos”….. Espacios más amplios, jardines encerrados en corredores, lluvias que vienen y se van, incluso algún sol de invierno. Pero sobre todo veranos calurosos.
La casa adopta los cambios que van pasando con las estaciones. Las enormes habitaciones, o no tan grandes que también las hay, tienen suficiente altura para que los braceros de carbón del invierno puedan estar prendidos o las estufas de parafina no ahoguen a quienes allí duermen. Pero también son altas para el verano en que la corriente de aire fresco se consigue abriendo las ventanas que dan a la calle y aquellas que dan al jardín o corredor. El adobe, buen aislante tanto en el invierno como en el verano protege de las inclemencias. Pero se “entre mete” también. Las ventanas tienen esos enormes “pollos” de las anchas murallas del adobe acostado y las simples rejas de barrotes de fierro que los separan de la calle. Allí uno se sienta a ver la gente pasar. A los turistas que han llegado en el verano. A no hacer nada, o , cuando chico, a amurrarse. De niño me castigaban a no salir y me pasaba las horas sentado ahí en esas enormes ventanas en que los barrotes de fierro me separaban del jardín….
“Habitar” no es solamente tener “alojamiento“, dice el filósofo alemán. Buena distinción en estos días de emergencias y casas de emergencias, mediaguas y “tolderías” provisorias. ¿Se puede habitar en esos efímeros metros cuadrados que transpiran humedad, se mojan por todas las rendijas….”Ni un alero para que nos repare” diría la canción criolla…,.
Claro está que se puede “acampar” y esto no es malo cuando se trata de un momento en la vida, de unas vacaciones en que se quiere cambiar de clima, de paisaje…en una emergencia también se puede acampar…
Esos primeros días y noches la gente de Cobquecura se subió a los cerros. Casi toda la costa de Chile. Una noche, tercera o cuarta después del terremoto, subimos también al Cerro El Calvario que domina el pueblo. Cerro de piedras lajas que como “pan de piedra” le otorgan el nombre a Cobquecura, resabios de la lengua indígena de los antiguos mapuches del sur del continente.[7] Allí había un enorme campamento. La gente no solo había armado sus carpas improvisadas sino que había subido muebles de la casa, ollas y cocinas a gas, e incluso algún sillón para salvarlo si se venía el mar o por estar más cómodos. Armamos nuestras carpas bajo los eucaliptos y junto a los que ya allí llevaban varias noches. Aún era el verano. La noche se puso tarde. Un fuego comenzó a alumbrar y una olla trataba infructuosamente de hervir el agua para los fideos. Finalmente se logró cocer una pasta inidentificable en la oscuridad que sin embargo tenía un sabor a hambre inigualable. Unos vecinos llegaron a conversar al lado del fuego. No paraba de temblar. Cada vez que eso ocurría un sonido profundo se dejaba oír desde el fondo de la tierra…el mar allá lejos, pero no tan lejos, rugía como León (“Quam Leo rugens”, decían del demonio los antiguos al pasearse alrededor de la ciudad…algunos lo interpretaban también como “la tentación”…) Una niña joven nos trajo una olla de jaivas. Contó que unos pescadores habían llevado un saco de esas que tienen paletas en las patas delanteras, “remadoras” les dicen, a la gente que dormía en los cerros. El mar, quizá sintiéndose culpable por la enorme maldad que había cometido, se compadeció y le regaló comida a los damnificados…., se me ocurrió… Sentados en el suelo fuimos dando cuenta con paciencia de decenas de jaivas rojas de vergüenza.
En el “acampar” se produce la solidaridad de la emergencia. Sobretodo de la vulnerabilidad frente a los elementos[8]. “¿Lloverá?” Se preguntaba de carpa en carpa. La noche se descargaba pesada y oscura. Abajo el pueblo solitario y destruido. Mas allá las rocas de la lobería desde dónde llegaba el sonido de las olas del mar que rompían en la enorme playa de Cobquecura y los ronquidos de los lobos marinos, rugidos de leones, de un carácter mas bien desesperado. Son centenas de animales que se instalan en las rocas cercanas a la playa a mirarse, tirarse al agua en busca de algún pescado me imagino, y aúllan o rugen día y noche. En esas noches después del maremoto, en el silencio de los cerros, parecía que sus gritos de auxilio eran cada vez mas fuertes.
La esencia del habitar está en el concepto complejo de “hábitat”. Se vive en el medio ambiente en que te tocó nacer, criarte, convivir, comunicarte, en fin, “vivir”, o lo que es casi lo mismo “habitar”. Es por ello que tratamos de dormir los humanos en una “habitación”, no en un “alojamiento”. En la “habitación”…habitamos…ahí tenemos nuestras cosas, los cachureos, los recuerdos, los cuadritos con fotos de los antepasados o de los niños cuando eran pequeños….La habitación es nuestro “haber”, lo que tenemos. Qué seríamos sin un lugar dónde habitar. No tendríamos nada. En el habitar uno se ha acomodado a los fríos y los calores, a los inviernos y los veranos a las conversaciones silenciosas tomando te en el invierno y a las alegres risotadas del dieciocho de septiembre en que se anuncia la primavera diciendo que ya llegará el verano, y se comienza a salir al patio, o con unas ramas se arma un tolderío de modo de protegerse del frío que aún golpea, y que solo se olvida con la chicha y el vino a destajo…..
Nuestra experiencia nos dice que después de seis meses de mucho frío vendrá la primavera con sus “campos de flores bordados” y luego un largo y pesado verano en que el calor aplasta. Así nos tocó vivir. En los extremos. Por suerte. En esas tardes de invierno en que parece que va a morir todo, existe la esperanza: ya falta poco para septiembre, decía siempre mi tía. Le decían “la amistad”, porque no era familiar directo, pero era “amiga”. Usaba siempre vestidos de color café por alguna manda que había hecho y que yo de niño no logré comprender. Quizá no quería quedarse soltera y la Virgen del Carmen, el café viene de allí, no le hizo el milagrito.
En Cobquecura las viejas casas están adaptadas para el invierno y el verano[9]. Al llegar el calor se abren las pesadas ventanas y se produce una exquisita corriente de aire. Las habitaciones, donde “se habita”, se refrescan. El jardín está al medio de la casa. Hoy son jardines patrimoniales. Llenos de frutales, papayos, lo que es increíble tan al sur del mundo, árboles de verdes hojas, jazmines que en la primavera se enloquecen tirando sus olores y enloquecen a jóvenes y no tanto, con sus “efluvios de amor”.
No tengo nada que decir del “alojar”, es algo episódico, un momento sin sentido, pero tengo mucho que decir del “habitar”.
“El habitar sería el fin que preside todo el construir”, nos dice Heidegger. Y a eso queríamos llegar. Y por eso nos acordamos del maestro del amante de Annah Arendt, el medio fascistozo en un momento de confusión y entusiasmo denezlable, el cara dura que no pidió perdón, pero un cabezotas que pensó bien muchas cosas. Entre ellas ésta.
Es por ello mismo que no podría haber un “habitar” totalmente separado del “construir”. Los seres que habitan son los llamados a construir su habitación. A lo menos llevar un diálogo con quien construye. No hay nada mas ajeno al habitar que ser depositado en un espacio sin ser consultado siquiera sobre su naturaleza. Los grandes proyectos arquitectónicos de habitaciones han sido diálogos con el paisaje, por una parte, con la sociabilidad de la gente, por la otra y con la cultura (“el modernismo” por ejemplo), con quienes allí van a habitar.[10]
Considero en este sentido, una falta de respeto y enorme incultura lo que ha ocurrido con algunas organizaciones de beneficencia. Grupos de jóvenes ajenos al lugar, muchas veces de las clases altas de Santiago, premunidos de polerones y tenidas que eran la envidia de los jóvenes locales, pueblerinos, pobres, se lanzaban a dar martillazos a diestra y siniestra y parar del mejor modo que se les ocurría unas mediaguas, llamadas “de emergencia”. En Cobquecura subieron al cerro del Calvario y en un espacio que donó la Parroquia pusieron varias filas de mediaguas, como una suerte de campamento de la Cruz Roja Internacional en Bangladesh o del Alto Comisionado para los Refugiados en Darfur. Una mediagua al lado de la otra y una fila de ellas dejando una calle al medio. A algunos de esos jóvenes ingenuos, y bien intencionados seguramente, se le ocurrió que era “interesante” promover una suerte de “condominio” o “pasaje”, “aldea” le llamaron, como los que hay en algunas ciudades. Nadie fue preguntado por su opinión. Nadie del lugar siquiera tomó el martillo para ayudar a la construcción de ese engendro. En un pueblo patrimonial donde aún no llegaba la “modernidad” con sus poblaciones callampas y sus “campamentos”, los estaban construyendo estos jóvenes de una asociación encargada supuestamente de erradicarlos. Alguien con humor negro diría que el negocio es redondo: primero se los construye y luego se los erradica. ¿Podrían haber consultado si acaso era mejor instalar la mediagua en un sitio en el campo, en el fondo del jardín de la casa destruida o, por mientras, en medio del bosque, como carpas, de manera irregular, pero sin ánimo de “construir” para quedarse, establecer una situación poblacional irreversible. Por suerte la población no prosperó. La gente que ocupó las mediaguas no fue capaz de vivir en esa inmundicia. No sirvió ni siquiera para alojarse sino que solamente para “acampar” por unos días. Se fueron desocupando y algunos las desmontaron y se las llevaron para otro lado. Probablemente mas de alguno se aprovechó días después, de que estaban abandonadas y se las llevó de bodegas donde guardar sus cosas.. ¿Qué les habría costado llevar las maderas, los paneles, los techos y planchas de todo tipo, los clavos, y decirle a la gente que se hiciera sus propias mejoras. Uno habría apoyado la muralla que le quedó parada y le habría agregado un corredor con la madera regalada, otro habría hecho una habitación nueva para los hijos que a pesar del terremoto o mas bien con el susto, van a venir en unos meses mas. Finalmente la gente habría decidido. Nada de eso En cada habitante de Cobquecura hay un maestro con larga experiencia en construir.
¿Qué pretende la política de reconstrucción? ¿”Alojar o habitar”? hasta ahora no puedo menos que decir que se trata de construir alojamientos y no habitaciones.
En Cobquecura solamente han llegado 300 mediaguas de las 600 que fueron solicitadas. Me decía una señora, “allí yo no puedo vivir. La llené con mis cosas como bodega y me fui donde una hermana”. Hay quienes se alojan. La han pasado mal. En el campo las casa son amplias, las cocinas, llenas de cacharros, mugres, colgantes, están hechas para “habitar”. La Delfina Aguilera solo salvó la cocina. El resto de la casa de adobes se vino abajo. Con su marido, inquilino de fundo, se sientan a tomar mate. Hacen pan en el rescoldo del fuego. Un poco duro el pan para mi gusto. Siempre hay alguna cecina, así le dicen. No ha sido tan terrible el terremoto. Aún hay donde habitar. Es necesario tener claridad sobre el punto.
Es atroz no tener dónde habitar. Estar de alojado, de “allegado”, de “arrimado”…de visita en cualquier parte…en un sillón de otra casa…
Comprendemos en este momento que el “habitar” no tiene necesariamente que ver con la casa, con el tipo de techo, con el tipo de muros. Hoy veo en la televisión a la Ministra de la Vivienda ofreciendo siete soluciones de casas. Las hicieron en diferentes países y se enorgullece de que son “americanas”, brasileras, vaya saber de dónde. Son espacios para “guarecerse”, para “alojarse” pero difícilmente serán “habitaciones”, espacios que dialogan con el invierno y el verano de nuestros valles, que son una prolongación de nosotros mismos.[11]
“Construir” tiene que ver con el “habitar” dice Heidegger y si eso no ocurre será un espanto. Han pasado seis meses desde el terremoto. Ya pasó el tiempo del “alojar” a los damnificados. Los primeros días fueron del “acampar”. La gente bajó finalmente de los cerros. Cubrió las casas con plásticos para prevenir el invierno. Se construyeron mediaguas donde “alojarse”.
En el “habitar” la voz es esencial. Yo quiero en el invierno sentarme al lado de un pequeño fueguito a conversar, mirar a los que allí están y decirles “hoy me ha ocurrido algo muy extraño”. Y ante la cara sorprendida de la tía y del abuelo que se refriega las manos frente al fuego, comenzar a contar una historia que sucedió a medias ya que la otra mitad es inventada. Eso no es caro.
No es un problema de plata, no de demasiados fondos para la reconstrucción. Se trata que cada cual, las personas damnificadas, la gente tan aplaudida y sobageada, digan su palabra. Cultura en Heidegger es el hablar, “la casa del ser”, el “lenguaje”, ahí mora el sentido. Pero es también el “habitar en el mundo”, el ser de un espacio determinado del planeta. Es por eso que no podría haber un habitar sin participar. El asunto central hoy en día es la voz de las personas. Si no se las escucha se quedará la reconstrucción en el simple alojar, provisorio, y las vidas de las personas se harán insoportables.
No tenía mucho que ver con Cobquecura y su gente hasta antes del terremoto. Paseaba por sus calles y nadie me reconocía ni saludaba. Pero uno se va poco a poco encariñando. A las nueve de la mañana me fui a desayunar a “Lo mejor de mi tierra”, y dos niñas tímidas, prendían la salamandra. Salía humo. Rico el olor a leña mojada. A través de las ventanas, de vidrios pequeños de “palillos”, se veía el jardín en que la lluvia que había parado hacía unos minutos, dejaba caer sus chorros de agua…las tejas del techo seguían destilando la noche que ya había concluido….un jugo de papaya, un humoroso café y unos huevos bien amarillos fueron construyendo el encanto….
Así se fue construyendo nuestro amor por Cobquecura y nuestra comprensión de lo que es Patrimonio, de lo que es “habitar” y de la diferencia brutal que hay con el “acampar” y el “alojarse”.Construir es para habitar nos dijo Heidegger y eso vale la pena. Lo que estamos haciendo en Cobquecura con los antropólogos de la Academia, los arquitectos de la Universidad del Bio Bio, los arquitectos “de la Católica”, estudiantes y jóvenes entusiastas…lo que conversamos con los vecinos, con esas mujeres llenas de fuerza que manejan residenciales, restaurantes y pensiones, que han formado una enorme organización de defensa patrimonial, con el Alcalde y los compañeros entusiastas del Municipio, es lograr esta Utopía. Volver a habitar. Pareciera que en eso consiste la reconstrucción tan manida y comentada.
Cobquecura, 27 de Agosto, a seis meses del terremoto
[1] Fui invitado al Senado de la República de Chile el martes 26 de Julio del 2010 a hablar acerca de la Reconstrucción y preparé estas ideas, robadas o birladas mañosamente a Don Martín Heidegger. Lamentablemente para mi, y no para el auditorio, me dieron cinco minutos, así que conté lo que ocurría en Cobquecura y omití estas consideraciones quizá bastante aburridas.El texto de Heigegger se denomina “Construir y habitar” y se encuentra en Obras Escogidas. Barcelona. 1975.
[2] Sobre todo en este caso que después de hacer las distinciones características e interesantes del famoso autor, se “entremete” en una teoría oscura acerca de la “cuadrología” o los cuatro elementos, que no tiene ningún interés actual, según mi humilde opinión.
[3] Wetsuyi Tetsuko. Antropología del paisaje. Climas, culturas y religiones. Editorial Sígueme. Salamanca.2006. El autor japonés estudió justamente con Heidegger antes de la guerra y a partir de estas ideas centrales escribe uno de los mas hermosos libros acerca de cómo el clima afecta a las culturas, se relaciona con ellas y finalmente dialoga con el espacio construido por el ser humano como paisaje. Es una corriente de pensamiento que no cae en un simplificado “determinismo geográfico”.
[4] El paisaje no es otra cosa que la naturaleza habitada.
[5] Hommi Bhabha, habla del paisaje, “landscape”, y de que éste se “entremete” en el ser humano como “inscape”. El afuera y el adentro se unen en un conjunto difícil de separar, está “entre metido” en nosotros mismos.
[6] Este autor extiende esta relación incluso a las religiones.
[7] Cobque podría traducirse por “pan” y “Curra” o “Kurra” es piedra. Pan duro, pan como piedra o piedras de forma de pan, son las traducciones posible.
[8] Se puede ver los estudios que hemos realizado sobre los “campamentos” y el carácter comunitario que poseen. Lo que caracteriza a todos los campamentos de nuestro país es su alto nivel de organización y control social. Ollas comunes, apoyos múltiples, control de drogas, etc…Cuando se pasa a las viviendas supuestamente definitivas, del “acampar al alojar”, podríamos decir, se destruyen casi de inmediato las organizaciones. Ver JB La Comunidad Reclamada. Catalonia. Santiago 2009.
[9] El arquitecto Jorge Swimburn en el Mercurio del Domingo 25 de Julio, llamó la atención por la poca capacidad y humildad de los arquitectos de aceptar la “arquitectura anónima”. Cobquecura es “arquitectura sin arquitectos” y sin duda tiene un poder de convicción muy superior a las pocas casas y edificios con apellido. Hemos realizado entre Abril y Julio, 2010, el Taller/ Escuela Mariano Latorre con 15 de los mejores “Maestros” de Cobquecura, que “saben” del “habitar” en esas comarcas. Ellos y ellas saben sin haberlo pensado demasiado que las habitaciones tienen que ser altas para que sean frescas, aireadas, y que los aleros de las casa deben ser amplios para que la lluvia no moje los muros de abobe y además sea útil a los transeúntes que se protegen del agua que cae en los inviernos con fiereza. Hay una cultura anónima que permite construir “habitaciones”. Los “Maestros” son los depositarios de esos conocimientos. Los arquitectos a los que se refiere Swimburn, deberían observar, conocer, compilar esos conocimientos y hacerlos dialogar con las formas materiales modernas, con nuevas expresiones culturales.Ese sería un encuentro fecundo.
[10] Techo para Chile por ejemplo, es una organización benéfica. El absurdo ha sido que esta organización haya aceptado a hacerse cargo de todo el proceso de fabricar, llevar, instalar etc…las mediaguas a lo largo y ancho del país. Se ha dado la situación que muchas mediaguas que llegaban a Cobquecura venían con sus maderas timbradas en barracas de Constitución y habían sido fabricadas en Santiago y posteriormente, nuevamente, trasladadas hasta Cobquecura. Hubo mediaguas que venían de ser construidas en Puerto Montt con maderas de pino de la zona central. Desde un inicio propusimos junto a muchos otros, establecer “bancos de materiales”. Habría sido mucho más racional. En esas localidades todos son maestros y saben manejar no solo la albañilería sino las maderas con calidad. .
[11] Con el tiempo, a veces, las casas impuestas, se van transformando en “habitaciones”. Ver cómo en las poblaciones uniformes, las personas van agregando habitaciones de la manera mas increíble, dan rienda suelta a sus imaginaciones producto de sus necesidades. Ver: Rodríguez y Sugranges. Los con casa. Editorial Sur. 2008.


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