documental Defending Eden (Prehensile Productions)

http://www.prehensileproductions.com/defendingeden/mediaPano.html#/KewField/

In June, five students from Kewediono, a small Waorani community along the Shiripuno River, will embark on a two-week journey to document their culture and land. They will travel to other communities impacted heavily by the oil roads, through settlements of neighboring tribes and oil bases, and down the Tiputini River to the heart of the Yasuní Biological Reserve. Isolated far from any road, Kewediono represents a middle ground between the traditional Waorani culture that existed only 50 years ago and the more assimilated communities found along the major oil roads. By taking this trip with Waorani elders that remember how it was before missionary contact, the students will be able to see all perspectives of the outside pressures they now face. We will be documenting the whole trip with stunning interactive panoramic images, so that the audience can follow the students in an interactive and intimate way, and be able to develop their own understanding of an incredibly complex situation.

 

 

Crónicas de Aysén 4

Crónicas de Aysén. 4

 

Las carpas de plástico transparente.


Corría el año 1978. El país se había convulsionado violentamente con el Golpe de Estado de  cuatro años atrás. No solamente en lo político, sino centralmente en lo social, en la vida corriente de las personas. Miles habían quedado sin trabajo. Masas de cesantes deambulaban por el territorio. Nadie sabía muy bien lo que estaba ocurriendo en las entonces llamadas “Provincias”. El temor, los exilios, la ausencia de información creíble,  impedía tener siquiera un panorama. Arriba de unas citronetas partimos en una larga gira por el sur de Chile. Visitábamos gente conocida, dirigentes que estaban escondidos, he íbamos comprendiendo muy de a poco lo que ocurría. Al llegar a Puerto Montt nos contaron que gran cantidad de gente estaba acampando en las playas. Partimos para allá con Melé Cruz y una máquina fotográfica. La impresión fue grande. Eran kilómetros y kilómetros de playa llenos de carpas de plástico. Una hilera de carpas se perdía en el horizonte. Estaban construidas con colihues finos y doblados como un “iglú” y encima le habían tirado un plástico blanco transparente, el más barato en las ferreterías locales. Caminamos horas por esa población. El corazón se encogía. Niños chicos con los mocos colgando, mujeres metidas en la humedad del barro, los hombres con las botas de goma. Como se sabe, en esas playas del sur la marea es muy amplia. En el momento que se recoge deja cuadras y cuadras con el fondo del mar descubierto. Allí estaba el llamado “pelillo”, un alga pegajosa y de color marrón, que recogía toda esa marea humana. La marea bajaba y se adentraban con unas suertes de balsas construidas también de esos plásticos. Las llenaban de esas algas y con la subida de la marea llegaban de regreso a la playa. Ahí en unos palos y cordeles las secaban y apilaban. Llegaban los camiones compradores. Más allá en la cadena estaban los japoneses que adquirían toda esa maldición marina para hacer sus “suchis”. Hablamos con la gente y provenían de todas partes; de muy lejos, del sur de Chile cesante, de los miedos y persecuciones. Una noche mientras dormían se desplomó por las aguas caídas un cerro y sepultó a varias familias de palilleros. Claro que la lluvía era desastroza ya que mojaba a las algas que estaban secándose y se perdía toda la cosecha. Con unos amigos hicimos un Fondo de Pequeños Proyectos y allí en Chinquihue y otras caletas y playas del sur, ayudamos en esos años a instalar unos secadores y algun techo que impidiera la pudrición de esas algas, única alternativa de sobrevivir de esas miles de personas.

En el Golfo de Reloncaví esas algas que brotaban naturalmente del suelo marino comenzaron a escasear. Eran miles los que las recogían. Así comenzó la marcha hacia el sur. Primero fue en busca de la “luga”, como se le dice también a ese “pelillo”; más adelante fue el marisco, y finalmente la “merluza austral”. De isla en isla esas masas de recolectores, mariscadores, buzos aprendices, pescadores improvisados, se fueron desplazando hacia el sur. Las guaitecas se llenaron de gente, más allá se fueron formando pequeños pueblos, frente a Aysén apareció Puerto Aguirre. Llegamos acompañados de gente del Obispado de Aysén que ya en ese tiempo andaba preocupado de lo que ocurría y era la única voz que se escuchaba a través de la radio, dónde surgiera alguna esperanza, a Puerto Aguirre. Canales y canales, fiordos y bosques de lengas que llegan hasta el agua del mar. El espectáculo era impresionante. Miles de iglúes brillaban con la luz del sol, carpas transparentes dónde vivían familias completas. Gente de Valdivia, de Osorno, incluso de más al norte se habían aventurado en los canales en busca del pelillo, después del loco, la “fiebre del loco” y finalmente de la pesca de la merluza austral comprada por los españoles, como la “merluza española” y servida en la mesa del turismo europeo como “merluza a la vasca”. Las enfermedades eran incontables. Allí en esas playas no había nada. No había por cierto agua potable, alcantarillado, posta de salud, escuela, etc…Guillermo Brinck y otros antropólogos de la Academia han reconstruido la historia de Puerto Gala   en un hermoso libro hecho con la comunidad. Casi nadie lo conoce. Un caserío en medio de las islas dónde también llegaron los palilleros, los mariscadores improvisados, los pescadores de la merluza, en fin, los que fueron atraídos por los ciclos de los recursos marinos y expulsados de sus lugares de origen por el hambre.

En esos años Coyhaique, Aysén, y los pequeños pueblos, dormían temprano bajo el toque de queda. Se cuenta que un militar se paseaba todas las mañanas por Puerto Aysén y subía a la torreta de los bomberos desde dónde vigilaba al pueblo. Veía a la señora Juanita que iba de compras, supervigilara al cartero, tomaba notas acerca de los movimientos de cada uno de los habitantes. Durante años ahí si que no se movió una mosca sin que se lo consignara en las bitácoras militares. ¿Qué consecuencias tuvo ello? ¿Qué relación con los hechos de hoy?

Esta masiva migración hacia el sur ocurrió a partir de los años ochenta y no se detuvo hasta muy entrado los noventa. Cientos de familias llegaron a Puerto Aysén desde las islas, desde las playas de carpas transparentes. Buscaban una casa más digna, más calientita, con leña, la famosa actual demanda de la leña, dónde calentar los cuerpos. En algunos de estos puertos improvisados se comenzaron también a construir casas, algunos subsidios, en alguna parte un muelle, en otra una escuelita y la posta. En Gala es hasta hoy famoso el cura, personaje que fue reproducido en la película “La fiebre del loco”. El unió a esa comunidad, la asentó, construyeron casas, en fin, hoy ya es un pueblo constituido. Fue la segunda gran oleada, recién al final del siglo veinte, de gente que colonizó Aysén, ahora por el mar. Claro está, que ocurrió lo mismo que un siglo antes. El Estado desde Santiago comenzó a rematar las islas para la naciente industria del salmón. Los poderosos  se interesaron. Llegaron a verlas y ¡!otra vez!, estaban llenas de gente. “Ocupantes Ilegales” les volvieron a decir.

La industria salmonera primeramente se instaló en Chiloé; allí los canales tranquilos y de oleajes suaves, permiten instalar las balsas dónde se crían esos pescados. Los compradores japoneses los van a transformar, ahora, en “sushimi”. La industria salmonera fue posible  también, por la existencia de una enorme masa flotante de mano de obra. De nuevo gente proveniente de los más diversos lugares del país, fueron instalándose en Dalcahue, Quellón, y las islas de más al sur. Muchos de estos pueblos se han duplicado en pocos años. El crecimiento de la industria salmonera la fue llevando hacia Aysén. Sobretodo con las enfermedades que se produjeron en Chiloé. Aguas igualmente tranquilas y más limpias. Había, además, abundante mano de obra. Gustavo Blanco Wells de Valdivia ha estudiado en detalle esta migración, la vida en las balsas, los  trabajos de los pescadores transformados en salmoneros, sus idas y venidas a Aysén, a los puertos, en fin la vida que se ha ido construyendo. Vida dura. La existencia de esa masa de gente en esos antiguos puertos de carpas de plástico, ha permitido el florecimiento de la industria. Los bajos salarios aparecen altos frente a la necesidad existente. La gente conoce el lugar, sabe de mareas, se traslada en botes, son gente recia que pude aguantar la soledad, el trabajo pesado, los avatares de esas vidas. Muchos de los que hoy han comenzado sus protestas provienen de estos procesos humanos que acá contamos en estas crónicas.

Aysén, el final de los hielos, la antigua Trapananda, se formó recientemente. Es el más nuevo mundo del Nuevo Mundo. Oleadas de personas esforzadas, muchas veces huyendo de la adversidad dieron forma a esos lugares. Parralinos, Maulinos, Mapuches, Huilliches, Chilotes y gente venida de todas partes forman el mapa humano de Aysén. Son las caras de los 22 que han sido procesados por la Ley de Seguridad Interior del Estado. Allí en sus rostros fotografiados se ve la diversidad que hemos querido contar en estas crónicas. Es por ello que es fácil decir y es verdadero, que en Aysén hay pedazos de todo el país, que nos representa, que es una amalgama de todas nuestras culturas. Les costó tanto llegar, sin duda sufrieron muchos sin sabores, que el espacio del país que construyeron tienen todo el derecho a cuidarlo, protegerlo, quererlo y hacer que sea respetado. Es el fin por ahora de estas crónicas.

 

José Bengoa

 

 

 

Crónicas de Aysén 3

Las casas brujas.


La colonización de Aysén  fue un asunto altamente conflictivo. Ya vimos en la Crónica anterior que un contingente enorme de colonos ingresó desde la Patagonia. Venían  de la zona central de Chile, cruzaron  el Neuquén y de ahí siguieron en un largo peregrinar hacia el sur. Por Curacautín y Lonquimay marchaban las caravanas que cruzaban la cordillera. Coincidía también con la violenta ocupación de la Araucanía y muchas familias mapuche se fueron para el Sur. En lo que hoy es Cerro Castillo hay comunidades enteras que encontraron tierras de nadie y allí se instalaron. Lo mismo en el hoy conocido Lago Verde y muchas partes de esa inmensidad. En las orillas del Baker, en sus lagos se fueron instalando colonos nacionales, como se les llamaba. El Chile Chico del que hemos hablado, en el General Carrera. Tierras de promisión.

Por el lado del Pacífico en cambio fueron ingresando las Compañías que tenían concesiones otorgadas por el Gobierno de la época. Se instalaron con sus factorías y avanzaron hacia el interior, Puerto Cisnes, Puerto Aysén. Su negocio era la madera y también la lana de las ovejas. Limpiar el bosque y abrir pastizales. Se encontraron con los colonos y como ya se ha dicho los declararon “Ocupantes ilegales”. El conflicto era evidente. Pasaron décadas y los colonos no tenían títulos de propiedad. Se los trataba de expulsar con la fuerza pública. Carlos Ibañez del Campo, por eso se llama así esa Región, va a tratar de ordenar la situación.

Los colonos postulaban a parcelas de tierra y tenían por obligación cercar, desmontar el bosque y construir una casa habitación.  Si no lo hacían en un plazo determinado se les quitaba el derecho. Las consecuencias fueron terribles. No había mano de obra suficiente para cortar de manera  adecuada el bosque y el fuego fue la única solución. Comenzó un período de enormes incendios forestales de cuyo testimonio aún se pueden observar los palos quemados como mudo testimonio. Cuentan los antiguos que uno de esos incendios duró un año entero. El humo se dice, se podía observar hasta de Río Gallegos, en la Argentina. El campo se iba abriendo de la manera mas depredadora. Las leyes de Santiago habían provocado el desastre.

Los inspectores, no muchos, controlaban que los colonos hicieran, como se decía “mejoras”. La casa era lo fundamental. La solidaridad de los ayseninos  desplegó la imaginación y la picaresca. Cuando se sabía de la presencia de esos inspectores, se agrupaba la gente y en menos de una noche paraban una casa. Llegaban los controladores y allí estaba una familia  simulando la posesión efectiva. Se iban y trasladaban la casa hacia otra parcela y así una misma construcción era movida por las manos de los colonos amigos. Las “Casas brujas”, le llamaron, y sigue hasta hoy en el imaginario de los descendientes de los colonos. Ingenioso método de burlar las ordenanzas absurdas de las leyes dictadas a miles de kilómetros.

Llegaban cientos de colonos en esos años de crisis mundial. Se habían cerrado las salitreras del norte y mucha gente estaba cesante en el país. Colonización espontánea en contra de las grandes concesiones otorgadas a empresas de accionistas que nadie conocía. Recién en los años cincuenta, con el segundo Ibáñez del Campo, se fueron entregando títulos definitivos. Se fue formando Coyhaique, llegó lentamente el Estado y  con el tiempo se dictaron leyes que transformaban en Provincia primero y en Región después a esas lejanas tierras.

Las migraciones chilotas comenzaron a ingresar por las costas, desde el mar hacia el interior. Es el segundo contingente de población. Acostumbrados al clima, al manejo del ganado, a combinar sus actividades agrícolas con la pesca, fueron aportando conocimientos para ir dando forma a la cultura aysenina. Ya no eran las casas de adobe con techos de tejuela del Chile Chico, mestizaje de la zona central con la del sur, sino expertos carpinteros que construían sus casas con los materiales locales. Hay partes de Aysén que parecieran desprenderse de Chiloé, de sus paisajes, de sus costumbres.

Es quizá el único territorio de Chile en que la espontaneidad fue determinante en su colonización. El Estado central solamente puso problemas. Las leyes y reglamentos solo servían para entorpecer el trabajo de los pioneros. Pero así y todo durante el siglo veinte Aysén fue un lugar de ensueño para muchas personas. No solo chilenos. En Puerto Guadal  se instaló una colonia de belgas que buscaban construir una sociedad perfecta. Hasta allí llegó el sacerdote Roberto Polain, que luego fundara en Santiago el Colegio Notre Dame. Lleno de ilusiones se juntaron varias familias y se instalaron a las orillas del General Carrera. Cuentan que trasladaron un barco desarmado, de acero, que lo hicieron navegar por esas hermosas aguas. La comunidad utópica fracasó y pocos recuerdos quedan de ella. Muchos partieron en busca de la aventura. Edesio Alvarado, gran escritor hoy olvidado, sitúa una de sus novelas, “El Disparo”, se llama, en esas regiones en la década del cincuenta probablemente o ya ingresando a los sesentas. Tragedias múltiples. Una naturaleza inconmensurable y seres humanos que buscaban adaptarse a ella. La historia de Aysén es larga.

El aislamiento ha sido evidente. Chile y Santiago estaban lejanos. Varias expediciones trataron de hacer un canal en el Itsmo de Ofqui. Esas son historias increíbles. Allí para saltarse el Golfo de Penas, los antiguos canoeros indígenas habían marcado un camino. Pasaban sus canoas desarmadas o arrastrándolas de una orilla a la otra. Unos pioneros vieron la posibilidad de hacer allí un acueducto que acortara el camino. Por cierto que no contaron con el apoyo de nadie, ni menos del Estado. Incluso en un documento que por ahí da vueltas en los archivos, se señalaba la imposibilidad de construir esa vía. Los barcos tenían que dar enormes vueltas, salir muchas veces mar afuera para buscar las mercaderías que allí se producían, la lana, los animales, las maderas, en fin, dificultades sin nombre. Por su parte el paso por Argentina siempre fue complicado. Entre Chile Chico y  la localidad de  “Los antiguos”,    hasta hace muy poco tiempo el río no tenía puente. En el lado Argentino había caminos pavimentados que llegaban casi a la frontera y en el chileno lodazales intransitables. Un viejo jeep Land Rover, cobraba por tirar con cuerdas a los vehículos que se metían en el río para cruzarlo.

En torno a ese enorme Lago, binacional, se fue organizando la vida social. Había un barco que llevaba el nombre del “pilchero”, recordando al caballo que acompañaba a los antiguos colonos y que acarreaba “las pilchas”. Hacía el viaje entre Puerto Ibañez, colonia que llevaba el nombre de este Presidente, el lugar mas cercano de Coyhaique y servía a Chile Chico y los otros puertos lacustres. Allí la gente se instalaba en cubierta y había un espacio cerrado al frío y la lluvia,  donde se comía alguna cosa, se bebía algo más y se jugaba al truco. Los colonos usaban sus boinas negras a la usanza pampeana, algunos bombachas, y diversos atuendos que hablaban del contacto fluido entre ambas partes de la Patagonia. La ceguera del centro del país impidió que esa integración evidente se transformara en potencialidades. Qué duda le cabía y le cabe creo, a los que habitan esas tierras que sus destinos están mancomunados por la geografía, por el origen, por los contactos. Muchas familias están en ambos lados de la frontera. Razones abstractas, miedos ingenuos, patriotismos mal  concebidos, en fin, han impedido un grado alto de integración entre argentinos y chilenos. Todo sería más fácil sin duda. El aislamiento sería menor, las oportunidades mayores,  para pensarlo.

Hasta los sesenta y setentas Aysén seguía suspendido en el espacio indeterminado, en el tiempo ajeno al resto del país, en fin, aislado de solemnidad. Era el territorio más solitario de Chile.

 

José Bengoa

 

Continuará

 

Aysén

Crónicas de Aysén. 2.

 

La Guerra de Chile Chico.

Finalizaba el siglo diecinueve. La crisis del trigo arrasaba con los campesinos de la zona central de Chile. Décadas de exportaciones, primero a California, después a los mares del sur y finalmente , temerosamente, a Inglaterra, se agotaban. Sembraban y sembraban en el Maule, en Parral, en Cauquenes, en las lomas suaves de la costa y no había a quién vender el grano dorado. En esos años se abrió la Frontera. El ejército victorioso de Lima volvió lleno de bríos y se introdujo sin respeto en la Araucanía. Los que allí vivían le opusieron heroica resistencia. Un cuatro de Noviembre del año ochenta y uno asaltaron todos los cuarteles. No fue suficiente. Fueron sometidos, radicados, reducidos a reducciones y el campo salió a remates. En  las Juntas de Almondea, como se llamaban esas casa de remates, se vendían los campos del sur. Al mejor postor. Palos blancos postulaban por los campos de Pailahueque, Lautaro, Victoria (por homenaje a la de Lima, de Chorrillos y Miraflores). A Talcahuano llegaban los inmigrantes de Italia que iban a instalarse en Capitán Pates, la Nueva Italia, a Gorbea los holandeses desgarretados de la Sudáfrica de los Boers, los Suizos instalándose en Traiguén y un sin fin de humillados que buscaban un lugar dónde rehacer sus vidas rotas.

Ante la noticia, los campesinos de Parral, los Reyes Basualtos por ejemplo, de cauquenes, de Linares, amarraron sus caballos, enyugaron sus carretas, juntaron pilchas y niños chicos, y se las emprendieron para el sur. Eran  caravanas de pobres que iban en busca de una tierra de promisión. Una historia oculta en la bella historia contada de Chile.

Temuco recién estaba organizándose. Era un cuartel y algo más: Fuerte Temuco, un enclave de La Frontera, como hasta el día de hoy. Llegaron con sus carretas, sus animales flacos y runguientos, sus niños llenos de mocos y con hambre. Buscaban tierras. Pero no las había. Todas se habían rematado al mejor postor. Los Riescos, Alessandris, Domínguez, Bunsters, y tantos otros, habían copado el terreno. No había lugar para ello.

Vámonos para el otro lado, dijo uno, y los demás lo siguieron. La caravana comenzó su lento andar por los pasos cordilleranos. Miles de desarrapados, pueden ver las fuentes en otros escritos más sesudos, cruzaron la Cordillera hasta el Neuquén. Había un Cönsul de Chile en ese lugar perdido que informaba al Supremo Gobierno de Santiago del arribo de miles de chilenos muertos de hambre.  Ahí están los archivos ocultos. Se fueron instalando en el Alto Valle, hasta que fue mucha la gente y no hubo más espacio. Debe haber sido el comienzo ya del siglo veinte. ¿Qué hacemos? dijeron los que recién llegaban . Vámonos para el sur. Y siguieron su  camino. Unos se fueron instalando en lugares vacíos, otros no les parecía agradable el viento que soplaba sin parar. No hay nada dónde sembrar dijo otro, recordando el suave verano de Linares.

Mandaron unos emisarios. Al igual que en la historia bíblica, volvieron meses después contando que había un valle donde “manaba la leche y la miel”. Que había un enorme lago, de aguas cristalinas y tranquilas y que allí el clima era animoso y sobre todo parecido al que habían dejado en la zona  central de Chile. Subieron a sus carrtas a los niños de mocos colgando, amarraron los pocos animales flacos que les quedaban y se las emprendieron rumbo al sur.

Grande fue su alegría cuando al cruzar un estero, encontraron un hermoso valle, a las orillas de uno de los lagos más grandes que uno se puede imaginar. Repartamos la tierra en términos iguales se dijeron. Y así lo hicieron. Plantemos álamos para recordarnos de nuestra tierra de Linares, Parral, de dónde venimos. Y así lo hicieron. Sembremos trigo, plantemos duraznos, membrillos, y se daban bien. Las casa las fueron haciendo de adobes, pero en vez de tejas de greda les fueron poniendo tejas de alerce, que bobraban en el campo. Mixtura maravillosa de la zona central de Chile con la Patagonia agreste del Lago que después se llamaría General Carrera en los mapas.

Una vez más habían encontrado el lugar de la utopía, el sin lugar tenía espacio. ¿Y cómo le llamaremos? Se dijeron. Y a uno, quizá inflamado de recuerdos y nostalgias, se le ocurrió: bauticémolo como “Chile Chico”. Ese Chile esquivo, ese que no nos dejó lugar dónde vivir. Este será nuestro pequeño país.

Si uno se acerca al cementerio de Chile Chico verá en las tumbas inscrito:  “Nacido en Parral, muerto en Chile Chico”. Los pelos se paran de pura impresión.

Pasaron los años. Nadie sabe qué ocurrió en ese tiempo de bondad, de pioneros trabajando, haciendo canales de regadío, plantando frutales y álamos, traslandando el paisaje del Valle central a la Patagonia. No hay recuerdos de esos casi treinta años en que vivieron allí sin que nadie los molestara.

Pero un día, mal día sin duda, aparecieron unos uniformados. Les dijeron palabras incomprensibles. Que el Supremo Gobierno, el de Santiago, había entrgado todas esas tierras a una sociedad que se llamaba algo así como Sociedad Explotadora del lago Baker  y que tenía su sede y  que tenía su factoría en Puerto Aysén. Esas casa blancas que hasta hoy se ven y que quizá son el centro cultural donde están las negociaciones frustradas, o quizá me equivoco. Pero lo peor fue que le dijeron que eran “ocupantes ilegales”, y por cierto que tenían que irse. Que no eran propietarios, que estaban allí en forma fraudulenta, en fin, quedaron mudos.

Lo que sigue es una larga historia. Es casi la historia de la mitad del siglo veinte de Aysén. De Punta Arenas enviaron tropas para expulsar a los ilegales. Estos se atrincheraron. Con mosquetes y escopetas para cazar conejos les hicieron frente. Los valientes soldados salieron arrancando. Años atrás un hermoso viejo, de ojos azules como aguas, me contó lo que había ocurrido. No se si lo vivió o se lo contaron sus padres.  Las tropas se fueron y ellos se quedaron pensativos, Eligieron unos delegados. Les ensillaron unos caballos y cada uno llevaba su “pilchero”, el jamelgo en que llevaban “las pilchas” y partieron por la Patagonia a Punta Arenas, a  negociar su libertad.

La “Batalla de Chile Chico” es una de las pequeñas historias maravillosas de este maravilloso país. Se me viene a la memoria cuando veo lo que ocurre en Aysén.

Continuarán estas Crónicas

 

José Bengoa

 

Crónica de Aysen

Crónicas de Aysen 1.

 

La Trapananda

Aysén, siempre fue un lugar de brumas. Los marinos cruzaron el Estrecho de Magallanes y huían de la costa. Era procelosa. Traicionera. Había que adentrarse en el mar profundo del Océano Pacífico. La costa se les aparecía llena de islas, fiordos, tempestades que llevó a instalar el nombre temible del Golfo de Penas. Quizá no ha habido otro lugar en el mundo, en su geografía, mas misterioso que la Trapananda. ¿De dónde vino ese nombre tenebroso?

En los mapas antiguos era una zona vacua. Allí no vivías nadie. Algún barco se encontró una tarde fría con alguna canoa de seres desarrapados. Se allegaban a babor y hablaban en lenguas incomprensibles: alacalufe, dicen que decían. O así los oían. Probablemente los saludaban, ¿cómo están? ¿Los queremos? ¡ vaya saber qué misteriosas palabras!. Les llamaron “Alacalufes”. Gusinde los tradujo al alemán: “Alakaluf”. Los sin nombre. Cuando siglos después los trataron de domesticar, les pusieron apellidos inicuos. Si los encontraban en Puerto Edén se llamaron Juan Edén; si las canoas encontradas estaban en el canal de Wellington, les denominaron como el canal, si el misionero italiano los encontraba en una isla perdida le ponía su nombre, así se llama hasta hoy don Carlos Remchi. Son los únicos chilenos sin nombre.

Años atrás me encontraba en una Biblioteca norteamericana que posee los libros más curiosos y extravagantes que hay en el mundo. Allí en medio de las brumas de un invierno nevoso del medio oeste me encontré con el Viaje de Robertson. Dicen los especialistas que hay cinco ejemplares. Lo abrí entre almohadillas que me colocaba la bibliotecaria de modo que no se dañara. Me fui maravillando con la historia. Un viajero inglés, Sir Francis Drake, que se transmuta después en Robertson, viaja por los mares del sur, se pierde en una tormenta, y cuando se disipa la bruma arriba a lo que hoy día sería Puerto Aysén. Antes de leer ese libro del siglo dieciocho, había llegado a ese puerto en un pequeño barco y no me cupo ninguna duda que se refería a ese lugar mágico. Drake o Robertson atraca el barco despansurrado por la tormenta a la orilla, lo amarra a un árbol fuerte y bajan a un prado de verdes aromas. En eso divisan a unos caballeros, bien vestidos, a la usanza inglesa, unas damas hermosas y alhajadas, que los saludan de manera cordial. Se entienden en algún “esperanto” de esa época. Lo conducen por unos senderos llenos de flores hasta  un lugar maravilloso. Casas, palacios, edificios hermosos, jardines llenos de flores y árboles frondosos. El Paraiso o la Ciudad de los Césares, tan buscada por los españoles.

Allí encuentra la sociedad perfecta. Sabores de Rousseau, vida natural, aire libre y puro. Le dice que en esa sociedad todos son felices. La historia es larga y está escrita en un hermoso inglés antiguo. El derecho natural se impone sobre todas las costumbres. Los artesanos hacen su trabajo y a los cirujanos se les trata con mayor aprecio ya que son quienes trabajan sobre los cuerpos humanos desvalidos. La comunidad es perfecta. La democracia es plena. Es la utopía.

En ese lugar recóndito se había establecido una sociedad utópica. Robertson , el marino que antes había sido Sir Francis Drake, aprende de lo que ve. Que acá no hay ambiciones, le dicen, que cada cual vale por lo que es, en fin, que sus costumbres europeas, que el libre mercado , que el deseo de conquista no tienen lugar en ese espacio privilegiado que es la Trapananda.

Esta historia, de la que he dado cuenta en otros libros, es maravillosa. Aysén, dicen los que saben, no significa nada. Es quizá “la nada”. Un lugar sin límites para parafrasear al maestro Donoso, Brumoso, lejos de todo,

Esa es la primera imagen de Aysén. Durante siglos fue el lugar más desconocido del planeta. Temor de los marinos, sueño de los utópicos.

La historia continuará…

 

José Bengoa

 

 

 

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On Tuesday the 21st of February, 2012,  document A/HRC/AC/8/6 was presented at the Palace of Nations in Geneva under the title of “Final study on the advancement of the rights of peasants and other people working in rural areas”. On Friday the 24th of February, the document was unanimously approved by the Advisory Committee on Human Rights of the United Nations. A/HCR/AC/8/L.1.  This document contains the preliminary text of the International Declaration of Peasants Rights.[1]

“Vía Campesina” is, perhaps, one of the most important organizations or rural people in the World today.  It gathers organizations of peasants from a large number of countries in Europe, Latin America, North America, Asia and Africa.  At its last World Congresses, Vía Campesina had framed a project for a Declaration that was approved at Maputo, in Mozambique.  Its leaders met at Geneva in order to assure that this international legal instrument would assume reality within the framework of International Human Rights Law. Basically, the preliminary text approved by the Consulting Committee is sourced from Vía Campesina, given value by having been drawn up by the base organizations of peasants from around the World.

 

 

 

 

 


[1] Official United Nations documents are all numbered so that they are easily referred to and found on the WWW.

Declaración Internacional de los Derechos Campesinos.

La “Vía Campesina” es quizá hoy en día una de las organizaciones más importantes a nivel mundial. Agrupa a organizaciones de campesinas y campesinos de una gran cantidad de países tanto de Europa, América latina, Norte América, Asia y África. En sus últimos Congresos mundiales la Vía Campesina había elaborado un proyecto de Declaración cuyo texto se aprobó en Maputo, Mozambique. Sus dirigentes convergieron en Ginebra de modo de lograr que este instrumento jurídico internacional se hiciera una realidad en el marco del Derecho Internacional de los Derechos Humanos. El texto preliminar aprobado en el Comité Consultivo, es básicamente el proveniente de Vía Campesina y por tanto tiene el valor de haber sido elaborado por las bases campesinas de organizaciones de muchos países del mundo.

Continue reading Declaración Internacional de los Derechos Campesinos.

Casa Azul

Estas son fotos recientes de la Casa Azul, la cual se encuentra ubicada en la ciudad de Cobquecura.  La casa sufrió graves daños con el terreno del 27/F y gracias al proyecto GIZ de Reconstrucción y a muchos voluntarios, se pudo reparar completamente. El nombre de la casa se debe a que ésta fue en sus inicios de color azul y una vez reparada se mantuvo su color inicial. Otro motivo que determinó el nombre es un homenaje a la Casa Azul de Diego Rivera y Frida Kahlo en México, lugar donde llegó exiliado Trotzky.  Es, por tanto, un homenaje a la cultura y a la historia.

La casa azul es hoy en día una sede comunitaria que la administra la Ilustre Municipalidad de Cobquecura. Adultos mayores, comités de viviendas y distintas organizaciones sociales hacen uso del inmueble cuando lo requieren. Asimismo, cuando hay que efectuar reuniones, ya sea con autoridades o empresas, se ocupa la casa que está completamente amoblada para tales fines.

 

Patio

Patio

Reunión del Comité de Viviendas Patrimoniales

Reunión

Mujeres del Comité de Viviendas

Cobquecura, Terremoto y Patrimonio

Cobquecura, Terremoto y Patrimonio es una discusión de sebastián Vásquez que realiza su magíster en Antropología Visual con el profesor José Bengoa. Esta entrevista se realizó en el jardín del restaurant “La mejor de mi tierra” en Cobquecura el verano del año 2011, justo antes del aniversario del terremoto.


Memoria, Patrimonio y Terremoto

Memoria, Patrimonio y Terremoto.[1]
José Bengoa

El 27 de febrero del 2010 se produjo un terremoto de enormes dimensiones en la zona central de Chile. Este sismo de grado 9.1, destruyó casi completamente los pueblos y villorrios campesinos de la zona central de Chile. Horas después del terremoto se produjo un maremoto, hoy llamado Tsunami, que destruyó una gran cantidad de caletas pesqueras de la zona